Hay ciertos lugares, objetos o personas que, por muy gruesa que sea la capa de polvo que haya alcanzado a cubrirlos o muy profundo el saco de olvido en el que los hayamos arrojado, al volver a tornar la mirada sobre ellos, aparentan, a nuestros ojos, no haber cambiado un ápice y ser víctimas de alguna suerte de criogenización absurda. Lugares que conservan siempre un olor característico, personas a las que, sin importar el tiempo que llevas sin ver, saludas siempre del mismo modo y parecen llevar exactamente el mismo tipo de vida y acarrear las mismas fortunas y desdichas que X años atrás…
En épocas como esta, de regresos, revivals y deja-vús, es fácil toparse con alguno de estos mamuts bajo el hielo. La vuelta a Casa, o al menos a ese lugar que en algún momento llamaste así, a veces conlleva una vorágine de flashbacks que acaban por ser capaces de sumirte en una especie de regresión, que es entre consciente y subconsciente.
Es fácil subirse en un Delorean al pasado y tender a creer que todo ha permanecido inmutable. Puede ser cuestión de un par de horas o de un par de días, pero, al final, resulta sencillo rescatar rutinas ya olvidadas y asumir como habitual el despertarse en una casa con olor a café o tomarse una cerveza con alguien mientras se habla de banalidades en las
que ya hacía mucho que no se tenía ti
empo de reparar. Y la verdad es que uno puede acomodarse en ese pequeño agujero espacio temporal; olvidar por unos instantes el Yo Presente
y volver a ser esa otra persona que nos precedió, con diferentes preocupaciones e inquietudes.
Pero lo cierto es que siempre hay algo que viene a enturbiar este espejismo. De repente, percibimos algo diferente, algo roto, algo que ya no está ahí… o alguien. Y el tiempo y la caducidad nos asaltan con un golpe helado. Nos damos cuenta de que las personas crecen, se arrugan, echan tripa… y las ciudades crecen y cambian. Caminos que aparecen y otros que desaparecen. Puertas cerradas que se abren y viceversa. Promontorios a los que podías agarrarte y han desaparecido… y otro montón de desencantos en los que nos gustaría no haber reparado.
Esta visión repentina del ahora tiene un efecto inmediatamente reflexivo. Nos miramos al espejo y nos vemos vestidos con una camiseta talla XL de un grupo que ya ni siquiera escuchamos y unas ojeras que denotan que hemos estado saliendo y bebiendo como ya ni siquiera deberíamos. Y, una de dos, o te asalta la vergüenza o te da la risa.
Yo, la verdad, creo que lo mejor es optar por lo segundo y mofarnos de la parodia asilvestrada de uno mismo en la que podemos llegar a convertirnos tras pasar unos días en el pasado.
Lo queramos o no, suenen campanitas o la gente se prodigue en paz y buenos deseos, hoy somos lo que somos y volver la vista atrás no puede ser sino una ilusión momentánea. La vida no está hecha de cadáveres incorruptos, ni frames congelados, sino de un continuo cambio y evolución. Vivimos en metamorfosis constante hacia algo… mejor? peor? No sé, pero otra cosa.
Porque yo no soy la que era hace ni siquiera un año y, si lo piensas, tú tampoco. Cada acontecimiento y cada imagen que pasa por delante de tus retinas actúa como un cincel que, poco a poco, te otorga una forma diferente.
Vale, es una putada, lo sé. Ya no eres el que se rompía los vaqueros jugando al balón en el parque de abajo sino, como mucho, el tío que, no sin cierta emoción, devuelve la pelota a sus sustitutos cuando ésta se les ha escapado demasiado lejos…
Crecemos y cambiamos y, sinceramente… menos mal!
Squire – The place I used to live
¡Muy bonito! Aunque lo de “vanal” me ha dolido un poco jeje
Pero cierto, la vida es un flujo, y empeñarse en negarlo, intentar parar ese movimiento con la esperanza de que así el tiempo se detendrá no lleva a ninguna parte. Como mucho a convertirse en una parodia.
P.d.: A ver si escribes más, que eres incluso peor que yo!!
joder, la de camisetas frikis molonas que tengo en el armario cogiendo polvo… cagon to!
Lo bueno es que dentro de unos años volveremos a todo eso pero ya sin preocupaciones ni vergüenzas, jur jur, ya verás