El individualismo y el genio creativo

El pasado domingo pude asistir a la reposición del clásico filme “El Manantial” (King Vidor, 1949) en los cines de El círculo de Bellas Artes de Madrid.

La acción de la película, basada en la novela de culto del mismo nombre de Ayn Rand, se desarrolla en la Norteamérica de comienzos del siglo XX. En este contexto, nuestro protagonista, el arquitecto modernista Howard Roark, lucha por acabar con la hegemonía de los principios artísticos clásicos y el temor ante cualquier idea nueva que supusiera romper los viejos cánones. Aferrándose a sus principios y aludiendo a su dignidad y la defensa de unos ideales, Roark lucha contra todo y contra todos para defender sus revolucionarios diseños arquitectónicos, que desafían lo existente y socialmente aceptado hasta la fecha.

Por supuesto, Roark nos es presentado como un héroe clásico, aferrado a una creencia. Se niega a arrodillarse ante nada ni nadie, y está dispuesto a asumir penurias e incomprensión con tal de no renunciar a hacer las cosas de una manera  diferente, nueva, y, a su parecer, mejor.

La obra, gracias a lo revolucionario de su planteamiento y el apasionamiento de sus personajes, ha sido tomada en múltiples ocasiones como paradigma de innovación y suele ser utilizada como célebre estandarte por aquellos que deciden romper moldes, abandonar caminos preestablecidos, y hacer las cosas de otro modo.

Bien. Está claro que, a lo largo de la historia, han existido grandes hombres y mujeres que, por atreverse a enfrentarse a sus contemporáneos y defender una visión, han acabado con ideas preconcebidas, dado un giro a los acontecimientos, y han abierto nuevas puertas y ventanas, permitiendo a la humanidad avanzar de presentes a futuros. La tierra no es plana, Cheeta es un pariente lejano y Tesla pudo frotarse las manos y decir “Chúpate esa, Edison”.

Sin embargo y a este respecto, El Manantial transmite ciertas ideas de individualismos y dignidades personales que no hay ni que universalizar, ni llevar a extremos. Porque hay algo que me preocupa en la forma en la que se suele trabajar cuando las palabras creatividad e innovación están en  juego.

Artistas que se encierran en un cubículo, ajenos al mundo, enfrascados en ideas y pensamientos. Estudios en los que apenas  se permite entrar el aire y obras que se exponen a la luz de una única bombilla. Orgullos heridos, egoísmos y derechos de autor.

No hay duda de que, para enfrentarse a nuevos proyectos y desafíos, no sólo es necesario esfuerzo y trabajo, sino también talento. Y el talento es relativo al individuo que lo posee, que lo ha alimentado y hecho crecer.  Pero también es cierto que este talento, aislado y receloso, no sólo corre el riesgo de errar, sino también de anquilosarse y echarse a perder, ajeno a cuanto le rodea.

Gary Cooper, en su papel de Howard Roark, el caballero con el compás como espada, argumentaba:

“El hombre no puede sobrevivir si no es a través de su mente. Llega al mundo desarmado, su cerebro es su única arma. La mente es un atributo del individuo. Es inconcebible que exista un cerebro colectivo. El hombre que piensa, debe pensar y actuar por sí solo. La mente razonadora no puede actuar bajo ninguna forma de coacción. No puede estar subordinada a las necesidades, opiniones o deseos de los demás, no puede ser objeto de sacrificio.”

Y, si bien no se equivocaba al rechazar la coacción y la subordinación a lo socialmente esperado, he de decir que yo, más que en ideas gloriosas, visiones solitarias y genios creativo-posesivos, me inclino por una gestión inteligente del talento. A mi modo de ver, la creación es mejor y más sabia cuando es CO-creación y la palanca dinamizadora del cambio no está sino en la suma de los talentos individuales. Bombillas de diferentes colores e intensidades que se encienden, iluminan la realidad y permiten percibir otras perspectivas de la misma. Yo prefiero creer en colaborar, compartir y en estar abierto a  crecer con y para otros. En definitiva, escuchar y dialogar para poder pensar en 3 dimensiones.

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Cosas que permanecen

Hay ciertos lugares, objetos o personas que, por muy gruesa que sea la capa de polvo que haya alcanzado a cubrirlos o muy profundo el saco de olvido en el que los hayamos arrojado, al volver a tornar la mirada sobre ellos, aparentan, a nuestros ojos, no haber cambiado un ápice y ser víctimas de alguna suerte de criogenización absurda.  Lugares que conservan siempre un olor característico, personas a las que, sin importar el tiempo que llevas sin ver, saludas siempre del mismo modo y parecen llevar exactamente el mismo tipo de vida y acarrear las mismas fortunas y desdichas que X años atrás…

En épocas como esta, de regresos, revivals y deja-vús, es fácil toparse con alguno de estos mamuts bajo el hielo. La vuelta a Casa, o al menos a ese lugar que en algún momento llamaste así, a veces conlleva una vorágine de flashbacks que acaban por ser capaces de sumirte en una especie de regresión, que es entre consciente y subconsciente.

Es fácil subirse en un Delorean al pasado y tender a creer que todo ha permanecido inmutable. Puede ser cuestión de un par de horas o de un par de días, pero, al final, resulta sencillo rescatar rutinas ya olvidadas y asumir como habitual el despertarse en una casa con olor a café o tomarse una cerveza con alguien mientras se habla de banalidades en las que ya hacía mucho que no se tenía tiempo de reparar. Y la verdad es que uno puede acomodarse en ese pequeño agujero espacio temporal; olvidar por unos instantes el Yo Presente y volver a ser esa otra persona que nos precedió, con diferentes preocupaciones e inquietudes.

Pero lo cierto es que siempre hay algo que viene a enturbiar este espejismo. De repente, percibimos algo diferente, algo roto, algo que ya no está ahí… o alguien. Y el tiempo y la caducidad nos asaltan con un golpe helado. Nos damos cuenta de que las personas crecen, se arrugan, echan tripa… y las ciudades crecen y cambian. Caminos que aparecen y otros que desaparecen. Puertas cerradas que se abren y viceversa. Promontorios a los que podías agarrarte y han desaparecido… y otro montón de desencantos en los que nos gustaría no haber reparado.

Esta visión repentina del ahora tiene un efecto inmediatamente reflexivo. Nos miramos al espejo y nos vemos vestidos con una camiseta talla XL de un grupo que ya ni siquiera escuchamos y unas ojeras que denotan que hemos estado saliendo y bebiendo como ya ni siquiera deberíamos. Y, una de dos, o te asalta la vergüenza o te da la risa.

Yo, la verdad, creo que lo mejor es optar por lo segundo y mofarnos de la parodia asilvestrada de uno mismo en la que podemos llegar a convertirnos tras pasar unos días en el pasado.

Lo queramos o no, suenen campanitas o la gente se prodigue en paz y buenos deseos, hoy somos lo que somos y volver la vista atrás no puede ser sino una ilusión momentánea. La vida no está hecha de cadáveres incorruptos, ni frames congelados, sino de un continuo cambio y evolución. Vivimos en metamorfosis constante hacia algo… mejor? peor? No sé, pero otra cosa.

Porque yo no soy la que era hace ni siquiera un año y, si lo piensas, tú tampoco. Cada acontecimiento y cada imagen que pasa por delante de tus retinas actúa como un cincel que, poco a poco, te otorga una forma diferente.

Vale, es una putada, lo sé. Ya no eres el que se rompía los vaqueros jugando al balón en el parque de abajo sino, como mucho, el tío que, no sin cierta emoción, devuelve la pelota a sus sustitutos cuando ésta se les ha escapado demasiado lejos…

Crecemos y cambiamos y, sinceramente…  menos mal!

Squire – The place I used to live

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Válvulas en la cabeza

Necesito una Playstation. Vamos, una Play, una Nintendo, una Wii o incluso puede que valiera con ese pinball tan guay de “Tales from the Crypt” que descubrí hace tiempo en un garito perdido en medio de la Castilla profunda.

Por qué??. Básicamente, y dicho del modo complicado con que me gusta exagerar y darle una dimensión trascendental a todo, para hacer oscilar mis válvulas cerebrales y oxigenar un poco las neuronas.

Los hobbies son esa cosa que, aparte de definir en gran medida la personalidad de la gente, matar el aburrimiento y ayudarnos a establecer conexiones y relaciones sociales, también debería servir para olvidarnos un poco de nosotros mismos y todo lo que nos rodea, preocupa… y levanta dolor de cabeza.

En palabras de Aldous Huxley, a veces uno necesita tomarse “unas vacaciones químicas del insoportable sí mismo y el repulsivo entorno”. Vale, es cierto que Huxley pensó en esas vacaciones como algo químicamente inducido gracias a la mescalina, el cannabis o incluso una mezcla suficientemente agresiva de luces estroboscópicas y CO2…  yo no voy por ahí (no necesariamente, claro!).

Al margen de esto, de químicas y alucinógenos, está claro que hay que desconectar de vez en cuando, relajarse, simplificar, banalizar, dejar de pensar… o al menos hacerlo de otro modo.

Hay que dejar de ser uno mismo, embrutecerse aunque sea momentáneamente para poder continuar después siendo el de siempre sin dejar que la tragedia y la inevitabilidad  te vuelvan perdidamente loco.


comecocos

Cada uno tenemos nuestras fórmulas. Pequeñas cosas que ayudan a respirar, eliminar la gravedad por unos instantes y volar sin motor ni aparentes preocupaciones.

Música, cine, arte, deporte, literatura, baile… Yo qué sé! Hasta coleccionar muñequitos de los happy meal o el cicloturismo rural pueden funcionar! Al fin y al cabo, como dice mi amigo Julián, “Hay gente a la que le gusta chupar piedras”.

El problema llega cuando estos supuestos pasatiempos no hacen sino complicarlo todo un poco más. Generan expectativas, exigencias… te recuerdan lo que querrías olvidar o te descubren lo que no quieres saber. Porque, seamos realistas, ¿quién  no se ha deprimido alguna vez escuchando una canción, viendo una película o leyendo un libro de esos que cierras y piensas: “Confirmado: El mundo apesta”?.

Los Hobbies pueden jugar malas pasadas y, en vez de proporcionar la distracción que se esperaba de ellos, se convierten en un arma de doble filo que te hace dar vueltas a la cabeza e incluso te reafirma en tus pesimismos de un modo aún más recalcitrante.

Por eso busco el pasatiempo perfecto. Uno que no sea más que eso: una forma de hacer pasar las horas algo más aprisa. Algo que, como viene, se va. Suficientemente absurdo como para no provocar ninguna clase de análisis o reflexión y suficientemente intrascendente como para no ocupar ni un segundo de los pensamientos una vez terminado. Y lo más importante: algo que, al acabar, haya logrado al menos un pequeño efecto de lavado o reciclaje en nosotros… que nos deje como nuevos y dispuestos a enfrentarnos de nuevo al stress, la tragedia o… la vida, sin más.

Sí, puede que una Play esté bien. Pero que tenga algún juego de patadas, disparos o tiros a puerta… Ni esa chorrada de los SIMS, ni algo que me de tanta pereza como el Brain trainning. Puede que sea cierto y necesite una. Porque hay veces que, cuando uno se pasa el día con los auriculares puestos, delante de una pantalla de cine o, de cualquier modo, aferrado a historias no tan irreales ni tan lejanas como podría parecer, se corre el riesgo de convertirse en un yonki. Yonki de una bombona de oxígeno que puede acabar siendo tóxica.

Pero, en fin… más tóxico sería que esas válvulas estuvieran siempre cerradas y nuestras cabezas acabaran oliendo a naftalina, como una vieja mansión clausurada durante años en la que ya resulta difícil creer que en algún tiempo albergó vida.

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De realidades cuánticas, los demás y unos cuantos gatos muertos

Por lo que esta ignorante chica de letras (para la que electrones, protones y neutrones son palabras que quedaron ya muy lejos, en algún pupitre garabateado) ha podido leer, parece ser que la teoría cuántica nos habla de una realidad múltiple e incierta. El comportamiento errático de las partículas elementales hace que éstas den lugar a varias realidades y existan en distintos estados que se superponen al mismo tiempo. De todos estos estados , el que decidimos llamar REAL, es aquel que, como observadores, percibimos e identificamos como tal. Es decir, el observador hace realidad lo observado o, en palabras del físico norteamericano, John Wheeler, “son necesarios los observadores para dar existencia al mundo”.

Fue Schrödinger el que, con su experimento “Quién mató al gato”, trató de explicar algo tan subjetivo como esto de modo que hasta los tontos pudiéramos entenderlo. En su experimento, Schrödinger nos habla de un gato encerrado dentro de una caja de cartón. En esa caja hay un plato de comida y otro de veneno, que se destaparán ante los hocicos del felino en función del comportamiento de una partícula radiactiva. Mientras la caja permanezca cerrada, todo es posible. Es tan probable que el gato esté muerto como que esté vivo, dado que no sabemos a ciencia cierta cómo habrá actuado esa partícula.Por tanto, en ese instante en el que aún no hemos abierto la caja, el gato, a todos los efectos, puede ser ambas cosas: un gato muerto o un gato empachado de Friskies. Somos nosotros, al abrir la caja, los que creamos una realidad, materializada en una de las dos opciones.

Pues bien, yo, que, como os digo, no soy una experta en cuestiones cuánticas y odiaba a mi profesor de física del instituto, me permito extrapolar todo esto a la esfera de lo social.
Lo que yo concluyo a raíz de estas teorías es, básicamente, que todo es posible hasta que alguien viene a tocar las narices con definiciones y calificativos; o hasta que uno mismo decide dejarse llevar por el determinismo.

Es curioso cómo nos empeñamos en definir, juzgar y establecer metas y destinos. Empiezas el colegio con un mundo de posibilidades a tu alcance, puedes llegar a ser cualquier cosa… cualquiera! … hasta que llega alguien y sentencia: “Hijo, vas a ser un gran matemático”. AH, SÍ??.

Un amigo A te presenta a otro amigo B y, antes de que te des cuenta, ha dicho algo como: “Mira, este es C, el colega que te digo que es tan gracioso!”… BIEN… ya puedes empezar a pensar algo ingenioso.

Empiezas una relación y, antes de que llegues a plantearte la existencia de un futuro, alguien (sino tú mismo) dice “Jamás funcionaría”… o lo contrario!, llega algún bienintencionado de la vida y, con una gran sonrisa, te lanza un “Haríais una pareja estupenda!”. Y hay veces que hasta te lo crees y el resto… es historia.

Por supuesto siempre está la opción de rebelarse, hacer justamente lo contrario a lo esperado… pero el mero hecho de que alguien haya definido “lo esperado” hace que poco importe ya si decides inclinarte por satisfacer o por decepcionar; te han mostrado un camino y, al hacerlo, te ves obligado a aceptar la dicotomía de seguirlo o no. Sabiendo ya de la existencia del camino, es tan difícil no caer en él… La fuerza de la profecía autocumplida de la que habla la psicología social es a veces imbatible.

De este modo, todos hacemos nuestras apuestas, ansiamos y esperamos y, al final, tenemos que lidiar con lo que encontramos en nuestras cajas, que normalmente es lo que nos hemos buscado nosotros solitos. Cuando te decides por abrir la caja, ya no hay más remedio que aceptar que, o bien el gato se cabrea porque le has despertado de la siesta, o bien tienes que empezar a pensar en inventar historias del tipo: “Verás, cariño, Chispa se ha ido a una granja precioooosa donde será feliz y podrá jugar con otros gatitos”. Vamos, que la curiosidad mató al gato.

Y, así, por empeñarse en decidir, esperar, ser, definir y desear cosas, vamos reduciendo un espectro infinito y maravilloso hasta prácticamente anularlo y convertirlo al blanco y negro.

A mí, qué queréis que os diga… me aburre muchísimo todo eso. Hay veces que no sé si por pereza, desidia, idealismo o pesimismo, yo prefiero alargar ese momento de posibilidades interminables y realidades paralelas. Sencillamente porque prefiero pensar que todo es posible antes que ir abriendo cajas llenas de gatos muertos.

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Un Blog?? Por qué demonios un Blog??

Paty… PIENSA!! De verdad crees necesario copar la red con más frases tontas, ideas absurdas, fotos surrealistas y otro montón de cosas que, seamos claros…   NO LE IMPORTAN A NADIE??.

La respuesta es sencilla… SÍ.

La necesidad en esta vida, amiguitos, es algo bastante subjetivo.

Por ejemplo, ahora mismo podría considerar irrefrenablemente necesario subir el volumen de los altavoces al 11 porque ese es el único modo de escuchar esa canción; o puede que  considerara vital el ver por tropecentésima vez ese capítulo tan mítico de los Simpsons en el que Homer se dedica a chupar sapos alucinógenos… Si así fuera, tendríais que aceptarlo; todos tenemos nuestras prioridades.

En este momento siento la probablemente caduca necesidad de soltar aquí toda una sarta de barbaridades, desidias, cinismos, fanatismos y opiniones sin CRITTERIO alguno. Así, sin más. Sin buscar una respuesta, ni pretender ver crecer los números de un contador de visitas, ni esperar recibir simpáticos emoticonos a modo de firmas que me comenten cosas tan enriquecedoras como “Linda pic! firmaenmipáginaqueyohefirmadoenlatuya”.

Hay veces que a uno simplemente le apetece plasmar sus pensamientos por escrito para darse cuenta de que están ahí. Para asegurarse de que algo ha sobrevivido a los terribles daños colaterales de la cruenta guerra Cerveza Versus Neuronas.

Por eso he empezado a divagar en este blog; para materializar unas cuantas ideas u opiniones más o menos coherentes y para asegurarme de que si, en un futuro, una amenazante nube gris de raciocinio y cordura se cierne sobre mí, al menos podré recurrir a algún sitio que me recuerde que nada tiene sentido…  salvo el sinsentido. Esto no serán más que unos cuantos textos y vaguedades que me vengan a demostrar que en algún momento (espero que duradero) creí en la inexistencia de los límites de la realidad… sea lo que sea eso.

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